Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Chub, al reconocer la voz del herrero, retrocedió unos pasos. «No, ésta no es mi jata», se dijo. «El herrero no se atreverÃa a entrar en ella. No obstante, mirándola bien, tampoco parece la suya. ¿De quién será? ¡Vaya! ¡Como si no la conociera! Es la del cojo Levchenko, que se casó hace poco con una mujer joven. Es el único que tiene una jata semejante a la mÃa. Ya me parecÃa un poco raro haber llegado tan pronto. No obstante, en estos momentos Levchenko se encuentra en casa del sacristán. Entonces, ¿qué hace aquà el herrero?… ¡Ajá! Ha venido a ver a su joven esposa. ¡Asà es! ¡Muy bien! ¡Ahora lo entiendo todo!».
—¿Quién eres y qué haces llamando a las puertas ajenas? —gritó el herrero con voz más severa que antes, acercándose a él.
«No, no le diré quién soy», pensó Chub: «¡PodrÃa pegarme el maldito bribón!» —y enmascarando la voz, respondió:
—¡Soy yo, buen hombre! He venido a cantar unos villancicos bajo tus ventanas para divertirte.
¡Vete al diablo con tus villancicos! —gritó furioso Vakula—. ¿Qué haces ahÃ? ¿No me has oÃdo? ¡Vete ahora mismo!
Chub habÃa tomado ya esa juiciosa decisión, pero consideraba ultrajante obedecer las órdenes del herrero. ParecÃa como si un espÃritu maligno le incitara a llevarle la contraria.