Las Veladas de Dikanka

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No obstante, no se veía ningún camino. El compadre, tras alejarse un poco, fue de un lado para otro con sus grandes botas, hasta que finalmente llegó ante la taberna. Ese hallazgo le alegró tanto que se olvidó de todo; sacudiéndose la nieve, entró en el zaguán, sin preocuparse lo más mínimo por el compadre que había quedado a la intemperie. Mientras tanto, a Chub le pareció que había encontrado el camino; se detuvo, se puso a gritar con todas sus fuerzas, pero al ver que el compadre no aparecía, decidió continuar solo. Después de caminar un rato, llegó a su jata. La nieve se amontonaba alrededor de la vivienda y en el tejado. Se puso a llamar a la puerta con sus manos entumecidas por el frío y le gritó a su hija con imperioso tono que le abriera.

—¿Qué quieres? —le gritó con voz severa el herrero, saliendo de la casa.








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