Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Y en efecto, en cuanto se levantó la nevasca y el viento empezó a soplarles directamente en los ojos, Chub dio muestras de arrepentimiento y, calándose aún más su gorro, empezó a dirigir improperios a su compadre, al diablo y a sà mismo. No obstante, ese despecho era fingido. Chub se alegraba mucho de que se hubiera levantado esa tormenta. Para llegar a la casa del sacristán quedaba una distancia ocho veces superior a la ya recorrida. Los caminantes dieron la vuelta. El viento les soplaba en la nuca y a través de la arremolinada nieve no se veÃa nada.
—¡Para, compadre! Me parece que nos hemos equivocado de camino —dijo Chub, al cabo de unos pasos—. No veo ni una jata. ¡Menuda nevasca! Tuerce un poco hacia ese lado para ver si encuentras el camino; mientras tanto, yo buscaré por aquÃ. ¡Es el mismo demonio el que nos ha obligado a salir con esta tormenta! ¡No te olvides de gritar cuando encuentres el camino! ¡Vaya montón de nieve nos ha echado en los ojos Satanás!