Las Veladas de Dikanka

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Cuando salió de la estufa y se arregló un poco las ropas, Soloja, como buena ama de casa, empezó a limpiar la pieza y a ponerlo todo en su sitio, pero no tocó los sacos: «Los ha traído Vakula, pues que se los lleve él». Cuando el diablo se disponía a entrar por la chimenea, se dio la vuelta casualmente y vio que Chub y su compadre caminaban cogidos del brazo, ya muy lejos de la isba. En un abrir y cerrar de ojos salió de la estufa, les cortó el paso y empezó a arrancar por todas partes montones de nieve helada. Se levantó una nevasca. El aire se volvió blanco. La nieve iba de un lado para otro, envolviéndolo todo como en una red, y amenazaba con tapar los ojos, la boca y las orejas de los caminantes. El diablo, entonces, volvió volando a la chimenea, convencido de que Chub regresaría con su compadre, sorprendería al herrero en su casa y le daría tal paliza que durante mucho tiempo éste no tendría fuerzas para coger el pincel y pintarrajear esas ofensivas caricaturas.








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