Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Es el herrero! —exclamó Chub, cogiendo su gorro—. Escucha, Soloja: escóndeme donde sea. Por nada del mundo quiero encontrarme con ese maldito bribón. Ojalá le salga a ese hijo del diablo una ampolla tan grande bajo los ojos como una gavilla de trigo.
Soloja, que también estaba asustada, iba de un lado para otro como una loca. Sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, le hizo una señal a Chub para que se metiera en el mismo saco en el que se encontraba ya el sacristán. El pobre sacristán no se atrevió siquiera a dar muestras de su dolor mediante toses o carraspeos cuando el pesado campesino se sentó prácticamente sobre su cabeza y plantó sus botas heladas en sus sienes.
El herrero entró en silencio y, sin quitarse el gorro, se dejó caer sobre el banco. Se veÃa que estaba de muy mal humor.
En el momento en que Soloja cerraba la puerta, alguien volvió a llamar. Era el cosaco Sverbiguz. A ése no podÃa ocultarlo en un saco, porque no habÃa ninguno apropiado. Era más robusto que el alcalde y más alto que el compadre Chub. Por ello, Soloja lo condujo al jardÃn y se dispuso a escuchar allà cuanto quisiera decirle.