Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Soloja vació en la tinaja un segundo saco de carbón y el sacristán, cuyo cuerpo no era demasiado voluminoso, se introdujo en él y se sentó en el fondo de tal manera que en el interior todavía quedaba espacio para medio saco de carbón.
—¡Hola, Soloja! —dijo Chub, entrando en la jata—. Probablemente no me esperabas. No me esperabas, ¿verdad? Puede que te haya molestado… —continuó Chub, con una expresión alegre y maliciosa, señal evidente de que su torpe cerebro se esforzaba en configurar alguna broma sutil y mordaz—. Puede que estuvieras divirtiéndote con otro… Puede que tengas a alguien escondido, ¿eh? —y satisfecho de su propio comentario, Chub se echó a reír, íntimamente convencido de que era el único que gozaba de los favores de la mujer—. Bueno, Soloja, dame una copa de vodka. Me parece que ese maldito frío me ha helado la garganta. ¡Vaya Nochebuena nos ha enviado Dios! Habrás visto, Soloja, habrás visto… Ah, tengo las manos entumecidas. No puedo desabotonarme el abrigo. Habrás visto la tormenta que se ha levantado…
—¡Abre! —gritó alguien desde la calle, al tiempo que golpeaba la puerta.
—Alguien llama —dijo Chub, que se había quedado inmóvil.
—¡Abre! —gritaron con más fuerza aún.