Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Como si no lo viera usted, Ósip NikÃforovich! —respondió Soloja—. El cuello y sobre el cuello un collar.
—¡Hum! ¡Sobre el cuello un collar!, ¡je, je, je! —y el sacristán volvió a pasearse por la habitación, frotándose las manos.
—¿Y qué tiene usted ahÃ, incomparable Soloja?…
No sabemos qué parte del cuerpo se disponÃa a tocar el sacristán con sus largos dedos, cuando de pronto se oyeron golpes en la puerta y la voz del cosaco Chub.
—¡Ah, Dios mÃo, un extraño! —gritó asustado el sacristán—. ¿Qué pasarÃa si alguien encontrara aquà a una persona de mi condición?… ¡El asunto llegarÃa a oÃdos del padre Kondrat!
Pero en realidad los temores del sacristán eran de otro orden: lo que más le asustaba era que se enterara su mujer, que con su temible mano habÃa reducido su gruesa trenza a sólo cuatro pelos.
—Por el amor de Dios, virtuosa Soloja —exclamó, temblando con todo su cuerpo—. Su bondad, como dice el Evangelio según San Lucas en el capÃtulo décimo ter… ter… ¡Están llamando! ¡Le juro que están llamando! ¡Oh, escóndame en alguna parte!