Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Escóndeme en algún sitio —susurró el alcalde—. No me apetece encontrarme con el sacristán en este momento.
Soloja pasó un buen rato pensando dónde podÃa ocultar a su robusto huésped; finalmente escogió el saco de carbón más grande; vació el contenido en una tinaja y metió en su interior al grueso alcalde, con su bigote, su cabeza y su gorro.
El sacristán entró y, aclarándose la voz y frotándose las manos, dijo que a su casa no habÃa ido nadie, que se alegraba de todo corazón de poder pasar un rato con ella y que no le habÃa dado miedo la ventisca. A continuación se acercó a la mujer, tosió, sonrió, tocó con sus largos dedos el brazo desnudo y rollizo de Soloja y dijo con aire malicioso y satisfecho:
—¿Qué tiene usted ahÃ, admirable Soloja? —y tras pronunciar esas palabras, dio un salto hacia atrás.
—¿Pues qué va a ser, Ósip NikÃforovich? ¡Un brazo! —le contestó Soloja.
—¡Hum! ¡Un brazo!, ¡je, je, je! —exclamó el sacristán, muy satisfecho de su comienzo, dando unos pasos por la habitación.
—¿Y eso qué es, queridÃsima Soloja? —preguntó con el mismo tono, aproximándose de nuevo a ella, posando levemente la mano en su cuello y saltando de nuevo hacia atrás.