Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Entre tanto, el diablo se mostraba muy cariñoso con Soloja: le besaba la mano con tantos remilgos como un asesor a la hija de un pope, se llevaba la mano al corazón, suspiraba y le decía claramente que si no consentía en satisfacer su pasión y recompensarle de manera adecuada, estaba dispuesto a todo: se arrojaría al agua y mandaría su alma directamente al infierno. Soloja no era tan cruel; además, como se sabe, había hecho causa común con el diablo. Por lo general, le gustaba tener a su alrededor un grupo de admiradores y rara vez se quedaba sin compañía, pero había contado con pasar sola esa noche, pues todos los hombres respetables de la aldea habían sido invitados a casa del sacristán a comer hutiá. No obstante, las cosas sucedieron de otro modo: en cuanto el diablo presentó sus exigencias, se oyó la voz del robusto alcalde. Soloja fue corriendo a abrir la puerta y el ágil diablo se metió en uno de los sacos que había en el suelo.
El alcalde, tras sacudirse la nieve que cubría su gorro y vaciar la copa de vodka que le tendía Soloja, le dijo que no había ido a casa del sacristán porque se había levantado una nevasca; y como había visto luz en su jata, había decidido entrar y pasar la velada con ella.
Apenas tuvo tiempo el alcalde de pronunciar esas palabras, cuando se oyeron golpes en la puerta y resonó la voz del sacristán.