Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¿Es que esa maldita Oksana no va a dejarme nunca en paz? —dijo el herrero—. Aunque trato de olvidarla, no puedo ver otra cosa que su rostro. ¿Cómo es posible que un pensamiento se te meta en la cabeza en contra de tu propia voluntad? ¡Diablos, parece como si los sacos pesaran más que antes! Aquà debe haber algo más que carbón. ¡Pero qué tonto soy! Me habÃa olvidado de que ahora todo me parece más pesado. Antes, podÃa doblar y enderezar con la mano una moneda de cobre y una herradura, mientras que ahora no soy capaz de cargar unos sacos de carbón. Como siga asÃ, pronto me tumbará el viento. No —gritó después de una pausa, cobrando nuevos brÃos—. ¡Ni que fuera una mujer! ¡No permitiré que nadie se burle de mÃ! ¡Dadme diez sacos como éstos y los levantaré! —y con un movimiento poderoso, se echó sobre los hombros unos sacos que dos hombres robustos no habrÃan podido cargar—. También cogeré éste —añadió, levantando el más pequeño, en cuyo fondo estaba acurrucado el diablo—. Aquà debo haber guardado mis herramientas —dijo, y tras pronunciar esas palabras, salió de la jata, cantando:
No voy a atarme a una mujer.