Las Veladas de Dikanka

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Apenas había tenido tiempo de concebir ese pensamiento, cuando Patsiuk entreabrió la boca, miró los buñuelos y luego la abrió del todo. En ese momento un buñuelo saltó de la escudilla, se bañó en la nata agria, se volvió del otro lado, rebotó y se fue derecho a la boca. Patsiuk se lo comió, volvió a abrir la boca y un segundo buñuelo siguió el mismo camino. Su único trabajo consistía en masticar y tragar.

«¡Vaya prodigio!», pensó el herrero, mirándolo con la boca abierta, y en ese instante advirtió que un buñuelo se deslizaba hasta ella y le manchaba los labios de crema. Tras rechazar el buñuelo y secarse los labios, el herrero empezó a meditar en los extraños sucesos que tenían lugar en el mundo y en el grado de sutileza al que puede llevar a un hombre la fuerza maligna; en ese momento, se dio cuenta de que sólo Patsiuk podía ayudarle. «Voy a hacerle otra reverencia, a ver si me explica bien… ¡Pero qué diablos! ¡Hoy es día de vigilia, y está comiendo buñuelos y galushkas de carne! ¡Y yo sigo aquí como un imbécil, cargando mi conciencia con un pecado! ¡Atrás!» —y el piadoso herrero salió a toda prisa de la jata.

Pero el diablo, que seguía sentado en el saco, alegrándose por anticipado de su victoria, decidió no dejar escapar una presa tan preciada. En cuanto el herrero depositó el saco en el suelo, salió de un salto y se sentó sobre su cuello.


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