Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Patsiuk, sin pronunciar palabra, terminó las galushkas que le quedaban.
—¡Hazme esa merced, buen hombre! ¡Atiende mi súplica! —insistió el herrero—. Si necesitas un cerdo, salchichas, harina de trigo sarraceno, tela, cereal o cualquier otra cosa… Ya sabes cómo suele hacerse entre gentes de bien en caso de necesidad… No escatimaré nada. Dime, al menos, qué debo hacer para encontrar el camino.
—Aquel que lleva el diablo a sus espaldas, no necesita ir muy lejos —exclamó Patsiuk con indiferencia, sin cambiar de postura.
Vakula lo miró atentamente, como si en su frente estuviera escrita la explicación de esas palabras. «¿Qué dice?» —era la silenciosa cuestión que se leÃa en su rostro; y su boca entreabierta parecÃa dispuesta a engullir la primera palabra de Patsiuk como si fuera una galushka, pero éste seguÃa callado.
En ese instante Vakula advirtió que el tonel y las galushkas habÃan desaparecido; en su lugar vio en el suelo dos escudillas de madera: una estaba llena de buñuelos y la otra de nata agria. Sus pensamientos y sus ojos se dirigieron involuntariamente sobre esos alimentos. «Veamos cómo se las arregla Patsiuk para comer los buñuelos», se dijo. «Seguramente no querrá inclinarse como ha hecho con las galushkas; además, no es posible: primero debe mojarlos en la nata agria».