Las Veladas de Dikanka

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Tras pronunciar esas palabras, Vakula se asustó, pensando que se había expresado de modo demasiado directo, sin suavizar apenas la rotundidad de sus palabras; por ello, esperando que de un momento a otro Patsiuk cogiera el tonel y la escudilla y se los tirara a la cabeza, se apartó un poco y se cubrió con la manga para que el líquido caliente de las galushkas no le salpicara la cara.

Pero Patsiuk se limitó a mirarle y siguió comiendo sus galushkas. Algo más animado, el herrero decidió continuar:

—He venido a verte, Patsiuk, que Dios te dé bienes en abundancia y pan en proporción —a veces el herrero sabía introducir una palabra a la moda, de las que había aprendido durante su estancia en Poltava para pintar la cerca de madera del capitán de cosacos—. ¡Estoy perdido, pecador de mí! ¡No hay nada en el mundo que pueda salvarme! Me veo obligado a pedirle ayuda al mismo diablo. ¿Qué dices Patsiuk? —exclamó el herrero, viendo que el otro seguía callado—. ¿Qué debo hacer?

—¡Si tienes necesidad del diablo, dirígete a él! —respondió Patsiuk, sin levantar la mirada y sin dejar de comer.

—Por eso he venido a verte —apuntó el herrero, haciendo una reverencia—. Creo que eres la única persona en el mundo que conoce el camino.


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