Las Veladas de Dikanka

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El herrero, no sin cierta timidez, abrió la puerta y vio a Patsiuk, sentado a la turca, delante de un pequeño tonel sobre el que había una escudilla con galushkas. La escudilla estaba situada a la misma altura que su boca. Sin mover un dedo, inclinando apenas la cabeza hacia la escudilla, bebía el caldo y tomaba de vez en cuando una albóndiga entre los dientes.

«Éste es aún más vago que Chub —pensó Vakula—. El otro, al menos, come con cuchara; éste, en cambio, no quiere ni levantar la mano».

Patsiuk debía estar muy ocupado con las galushkas, pues no pareció advertir la llegada del herrero, que, nada más franquear el umbral, le dirigió un respetuoso saludo.

—¡Vengo a implorar tu ayuda, Patsiuk! —le dijo Vakula, saludándole de nuevo.

El grueso Patsiuk levantó la cabeza y luego siguió comiendo sus galushkas.

—No te lo tomes a mal, no lo digo con intención de ofenderte —dijo el herrero, cobrando ánimos—, pero se dice que tienes tratos con el diablo.


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