Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Ese Patsiuk el Panzudo había sido en su tiempo zaporogo; nadie sabía si le habían expulsado o él mismo se había marchado de Zaporozhie. Hacía ya diez o quince años que se había establecido en Dikanka. En un principio había vivido como un verdadero zaporogo: no trabajaba, pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, comía como seis segadores y podía beberse de una vez un cubo entero; no obstante, no le faltaba espacio para meter todo eso, pues Patsiuk, a pesar de su baja estatura, era un hombre de cuerpo muy ancho. Además, los pantalones bombachos que llevaba eran tan amplios que, incluso cuando marchaba a grandes pasos, no se le distinguían las piernas y parecía que por la calle avanzaba un tonel de vino. Tal vez esa circunstancia había motivado que le apodaran Panzudo. Apenas llevaba unos días viviendo en la aldea, cuando ya todo el mundo sabía que era curandero. En cuanto alguien caía enfermo, enseguida se llamaba a Patsiuk; y a Patsiuk le bastaba con murmurar unas palabras para que el mal desapareciera como por encanto. Si sucedía que un noble hambriento se atragantaba con una espina, Patsiuk le daba un puñetazo en la espalda con tanta habilidad que la espina seguía su camino sin causar ningún daño en la garganta del noble. En los últimos tiempos apenas se dejaba ver. Quizás ello se debiera a la pereza y al hecho de que cada año le resultaba más difícil pasar por la puerta. Por eso, cuando alguien necesitaba su ayuda, tenía que ir a su casa.