Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Vakula, tras recorrer unas cuantas calles, se detuvo para tomar aliento. «En realidad, ¿adónde me dirijo? —pensaba—. ¿Es que está todo perdido? Probaré otra solución: iré a ver al zaporogo Patsiuk el Panzudo. Se dice que conoce bien a los diablos y que puede hacer todo lo que se le antoja. Iré a verle, ya que de todos modos mi alma debe perderse».
Al oÃr esas palabras el diablo, que habÃa estado inmóvil todo el tiempo, se puso a dar saltos de alegrÃa en su saco; pero el herrero, pensando que habÃa sido él mismo quien habÃa provocado ese movimiento, al rozarlo por descuido con el brazo, le propinó un golpe con su poderoso puño, se lo acomodó sobre los hombros y se encaminó a casa de Patsiuk el Panzudo.