Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Adiós, Oksana! Búscate el novio que quieras, búrlate de quien se te antoje; pero a mí no volverás a verme.
La bella pareció sorprendida e hizo intención de hablar, pero el herrero hizo un gesto con la mano y se marchó.
—¿Adónde vas, Vakula? —gritaron los muchachos al ver que se alejaba corriendo.
¡Adiós, hermanos! —respondió el herrero—. Si Dios quiere, nos veremos en el otro mundo, pero en éste ya no nos divertiremos juntos. ¡Adiós! ¡No me guardéis rencor! Decidle al padre Kondrat que celebre una misa por el reposo de mi alma pecadora. Los asuntos mundanos, pecador de mí, me han impedido pintar los cirios para los iconos del santo y de la Madre de Dios. ¡Adiós!
Tras pronunciar esas palabras, el herrero echó de nuevo a correr, con el saco al hombro.
—¡Está loco! —dijeron los muchachos.
—¡Un alma perdida! —musitó piadosamente una vieja que pasaba por allí—. Iré a contarle a todos que el herrero se ha ahorcado.