Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka «¡SÃ, es ella! ¡Camina como una reina y sus ojos negros brillan! Un apuesto muchacho le está contando alguna anécdota, por lo visto muy divertida, ya que ella se rÃe. No obstante, ella siempre se está riendo». Sin saber muy bien cómo, un poco en contra de su voluntad, el herrero se abrió camino entre la multitud y se situó a su lado.
—¡Ah, Vakula, estás ahÃ! ¡Hola! —dijo la bella, con aquella sonrisa que al herrero le hacÃa perder la cabeza—. ¿Has reunido muchas cosas? ¡Vaya un saco más pequeño! ¿Has conseguido ya los botines de la zarina? ¡Si me los traes, me casaré contigo! —y echándose a reÃr, se marchó corriendo con las otras muchachas.
El herrero se quedó como clavado al suelo. «No, no puedo; ya no tengo fuerzas…», exclamó finalmente. «Pero Señor, ¿por qué es tan endiabladamente hermosa? Su mirada, su modo de hablar, todo en ella me abrasa el corazón… No, ya no puedo soportarlo más. Es hora de poner fin a todo esto. ¡Que se pierda mi alma! ¡Me arrojaré al rÃo por un agujero del hielo y nadie me verá más!».
Asà diciendo, avanzó con paso decidido, alcanzó al grupo de muchachas, se situó junto a Oksana y le dijo con voz firme: