Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Una carcajada recompensaba al animador. Las pequeñas ventanas se abrían y una vieja —sólo ellas y los respetables padres de familia se habían quedado en casa— sacaba su seca mano y entregaba a los cantantes una salchicha o un pedazo de pastel. Los mozos y las muchachas acercaban sus sacos y recogían la recompensa. En un determinado lugar, los mozos habían rodeado a un grupo de muchachas: se oyeron gritos, se produjo un gran alboroto; uno les lanzaba una bola de nieve; otro les arrancaba un saco lleno de toda suerte de cosas. En otro lugar las muchachas perseguían a un mozo, le ponían la zancadilla y él salía volando con su saco. Parecía que estaban dispuestos a divertirse hasta la llegada del alba. La noche, como a propósito, derramaba una fastuosa claridad, y el brillo de la nieve hacía aún más blanca la luz de la luna.

El herrero se detuvo con sus sacos. Le había parecido oír en un grupo de muchachas la voz y la fina risa de Oksana. Todo su cuerpo se estremeció; arrojó los sacos al suelo con tanta brusquedad que el sacristán, acurrucado en el fondo, lanzó un gemido a causa del golpe y el alcalde hipó con todas sus fuerzas; luego, con el saco más pequeño sobre los hombros, se unió a los mozos que perseguían al grupo de muchachas en el que le había parecido oír la voz de Oksana.


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