Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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¡Dios mío! ¡Qué ruido, qué estrépito, qué resplandor! A ambos lados de la calle se elevaban casas de cuatro pisos; el ruido de las herraduras y de las ruedas retumbaba por todas partes; las casas crecían y parecían surgir del suelo a cada paso; los puentes temblaban; los carruajes volaban; los cocheros y los postillones gritaban; la nieve silbaba bajo miles de trineos que volaban en todas direcciones; los transeúntes se agolpaban y se apretaban junto a las casas guarnecidas de faroles, y sus inmensas sombras, deslizándose sobre los muros, alcanzaban con sus cabezas las chimeneas y los tejados. El herrero miraba con asombro a uno y otro lado. Le parecía que todas las casas dirigían sobre él sus innumerables ojos de fuego y le miraban. Había tantos señores vestidos con pellizas forradas de tela que no sabía ante quién descubrirse. «¡Dios mío, cuánta nobleza hay aquí!», pensó el herrero. «Seguramente todos los peatones que llevan pelliza deben ser como mínimo asesores, y los que viajan en esas maravillosas calesas con cristales deben de ser, si no gobernadores, al menos comisarios y hasta puede que algo más». El diablo interrumpió el curso de sus reflexiones con una pregunta: «¿Debo ir directamente al palacio de la zarina?». «No, me da miedo», pensó el herrero. «Sé que en alguna parte deben andar los zaporogos que pasaron por Dikanka este otoño. Venían de la Siech con papeles para la zarina; será mejor que les pida consejo».


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