Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Eh, Satanás, métete en mi bolsillo y llévame a ver a los zaporogos!
En un instante el diablo se encogió y se hizo tan pequeño que entró sin ninguna dificultad en el bolsillo del herrero. Apenas había tenido tiempo Vakula de volverse, cuando se encontró ante una gran casa y, sin saber bien cómo, empezó a subir por la escalera; abrió la puerta y retrocedió unos pasos, deslumbrado por el rico mobiliario de la habitación, pero recobró el ánimo en cuanto reconoció a los zaporogos que habían pasado por Dikanka; estaban sentados a la turca, con sus botas engrasadas de brea, sobre divanes forrados de seda y fumaban un tabaco especialmente fuerte que recibe el nombre de «raíz».
—¡Salud, señores, y que Dios os guarde! ¡Mirad dónde nos hemos encontrado! —dijo el herrero, acercándose y haciendo una profunda reverencia.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó el cosaco que estaba sentado frente al herrero, dirigiéndose a otro que se encontraba más lejos.
—¿No os acordáis de mí? —preguntó el herrero— ¡soy yo, Vakula, el herrero! Cuando pasasteis este otoño por Dikanka —que Dios os conceda salud y larga vida—, os quedasteis dos días enteros. Incluso puse una goma nueva a la rueda delantera de vuestro carruaje.