Las Veladas de Dikanka

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—¡Ah! —exclamó el mismo zaporogo—. ¡Es el herrero que pinta tan bien! ¡Salud, paisano! ¿Qué te ha traído por aquí?

Nada de particular. Tenía ganas de ver mundo; se cuenta…

—Y qué, paisano —exclamó el zaporogo, haciéndose el importante y deseando demostrar que sabía hablar ruso—, y qué, ¿te parece grande la ciudad?

El herrero no quería hacer el ridículo ni que le tomaran por un novato; además, como ya hemos tenido ocasión de comprobar, sabía hablar con distinción.

—¡Es una capital magnífica! —respondió con tono indiferente—. No se puede decir otra cosa: las casas son inmensas y tienen cuadros extraordinarios en las paredes. Muchas viviendas están profusamente adornadas con letras de oro. Hay que reconocerlo: la proporción es maravillosa.

Los zaporogos, cuando oyeron al herrero expresarse con tanta soltura, se formaron de él una opinión muy favorable.

—Ya seguiremos hablando contigo más tarde, paisano; ahora tenemos que ir a ver a la zarina.

—¿A la zarina? ¡Señores, tened la bondad de llevarme con vosotros!


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