Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¿A ti? —exclamó el zaporogo con el tono que emplea un ayo cuando se dirige a un niño de cuatro años que le ha pedido permiso para montar un caballo grande, de verdad—. ¿Y qué ibas a hacer all� No, no es posible —y al pronunciar esas últimas palabras, su rostro adquirió una expresión de importancia—. Vamos a hablar con la zarina de nuestros asuntos, hermano.
—¡Llevadme! —insistió el herrero—. ¡PÃdeselo tú! —le susurró al diablo, dando un puñetazo en el bolsillo.
Apenas habÃa pronunciado esas palabras, cuando otro zaporogo exclamó:
—¿Por qué no lo llevamos, hermano?
—Bueno, lo llevaremos —dijeron los demás.
—VÃstete como nosotros.
Mientras el herrero se ponÃa con premura una túnica verde, la puerta se abrió y un hombre vestido con un traje guarnecido de oro anunció que ya era hora de partir.
Una vez más el herrero se quedó maravillado cuando se sintió transportado por un inmenso carruaje, que se balanceaba sobre sus resortes, mientras a ambos lados pasaban casas de cuatro plantas y el empedrado, tronando, parecÃa rodar bajo los cascos de los caballos.
«¡Dios mÃo, qué cantidad de luz!», pensaba el herrero. «En nuestra aldea ni siquiera de dÃa hay tanta claridad».