Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Potiomkin se mordÃa los labios; al cabo de un momento, se acercó a los zaporogos y con tono autoritario le susurró algo al oÃdo a uno de ellos. Los zaporogos, entonces, se pusieron en pie.
En ese momento el herrero se atrevió también a alzar la cabeza y vio delante de él a una mujer de talla mediana, algo gruesa, empolvada, con los ojos azules y un aire de risueña majestad que todo lo sometÃa y sólo podÃa pertenecer a una mujer de rango imperial.
—El ilustrÃsimo Potiomkin me ha prometido presentarme hoy a un pueblo mÃo al que todavÃa no conozco —exclamó la dama de los ojos azules, examinando con curiosidad a los zaporogos—. ¿Os han tratado bien en la ciudad? —continuó, aproximándose a ellos.
—¡Gracias, madrecita! La ración que nos dan es buena, aunque los corderos de aquà no son como los de Zaporozhie.
Pero de algún modo hay que vivir…
Potiomkin frunció el ceño, viendo que las palabras de los zaporogos no se adecuaban a las disposiciones que les habÃa dado…
Uno de los zaporogos se irguió y dio un paso al frente.