Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Estamos todos, padrecito! —respondieron los zaporogos, volviendo a saludar.
—No olvidéis hablar como os he enseñado.
—¿Es el zar? —preguntó el herrero a uno de los zaporogos.
—¡Qué va a ser el zar! Es Potiomkin[17] —le contestó éste.
En la habitación contigua se oyeron voces, y el herrero ya no supo adónde dirigir la mirada, pues en ese momento entraron en la sala una multitud de damas, ataviadas con vestidos de terciopelo y largas colas, y cientos de cortesanos con caftanes bordados de oro y cabellos recogidos en la nuca. Lo único que veÃa era una especie de resplandor, nada más. De pronto, los zaporogos se arrojaron al suelo y gritaron al unÃsono:
—¡Piedad, madrecita! ¡Piedad!
El herrero, que no veÃa nada, se tendió también en el suelo con la mayor diligencia.
—¡Levantaos! —dijo por encima de ellos una voz imperiosa y al mismo tiempo agradable.
Algunos de los cortesanos se agitaron y empezaron a empujar a los zaporogos para que se pusieran en pie.
—¡No nos levantaremos, madrecita! ¡No nos levantaremos! ¡Antes moriremos que levantarnos! —gritaron los zaporogos.