Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Probablemente el herrero hubiera continuado largo rato con sus reflexiones si un lacayo con galones no le hubiera empujado por el codo para recordarle que no debía quedarse rezagado de los demás. Los zaporogos atravesaron otras dos salas y se detuvieron. Allí se les ordenó esperar. La sala estaba repleta de generales con uniformes bordados de oro. Los zaporogos saludaron a un lado y a otro y quedaron agrupados en un rincón de la estancia.
Al cabo de un minuto, acompañado de su séquito, entró un hombre de una estatura majestuosa, bastante robusto, vestido con uniforme de hetman y calzado con botas amarillas. Llevaba los cabellos despeinados, bizqueaba un poco y su rostro expresaba una suerte de altiva majestuosidad; en cada uno de sus movimientos se advertía que estaba habituado a mandar. Todos los generales, que se paseaban con aire altanero en sus uniformes guarnecidos de oro, se apresuraron a saludarlo con profundas reverencias, tratando de captar cada una de sus palabras y hasta sus menores gestos para ejecutar al momento su voluntad. Pero el hetman, sin prestarles la menor atención, saludándolos apenas con una inclinación de cabeza, avanzó hacia los zaporogos.
Éstos se inclinaron casi hasta el suelo.
—¿Estáis todos aquí? —preguntó arrastrando las palabras y con una voz ligeramente nasal.