Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Una vez arriba, los zaporogos atravesaron una primera sala. El herrero los seguía con aire apocado, temiendo a cada paso resbalar en el parqué. Atravesaron tres salas y el herrero no dejaba de asombrarse. Cuando entraron en una cuarta, se acercó maquinalmente a un cuadro colgado de la pared, con la Virgen y el Niño en brazos. «¡Vaya cuadro! ¡Es una pintura maravillosa!», pensó. «¡Se diría que habla! ¡Parece viva! ¡Y el Niño Jesús! ¡Cómo cierra las manitas! ¡Cómo sonríe, el pobrecito! ¡Y qué colores! ¡Dios mío, qué colores! Creo que no hay ni un kopek de ocre, todo es cardenillo y bermellón. ¡Y el azul parece que arde! ¡Un trabajo extraordinario! Probablemente el fondo ha sido preparado con albayalde. Pero por muy asombrosas que sean las pinturas, este picaporte de cobre —continuó, acercándose a la puerta y palpando la cerradura— merece aún mayor admiración. ¡Qué trabajo tan perfecto! Seguro que lo han fabricado herreros alemanes, y por no poco dinero».