Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—Majestad, no ordenéis que me castiguen. Concededme vuestra gracia. ¿De qué están hechos —dicho sea sin intención de enojar a vuestra alteza—, los botines que lleváis en los pies? En mi opinión, ni en Suecia ni en ningún otro país del mundo existe un zapatero que sepa hacerlos iguales. ¡Dios mío! ¡Si mi mujer pudiera calzar unos botines como ésos!

La soberana se echó a reír. Los cortesanos hicieron lo mismo. Potiomkin fruncía el ceño y al mismo tiempo sonreía. Los zaporogos empujaron al herrero por el brazo, pensando que había perdido el juicio.

—¡Levántate! —exclamó la soberana con afabilidad—. Si tanto deseas tener unos botines semejantes, no será difícil complacerte. ¡Traedle ahora mismo mis botines más caros, los que están guarnecidos de oro! Me agrada mucho esta sencillez. Aquí tenéis —continuó la zarina, dirigiendo la mirada a un hombre maduro[18], de rostro ancho y algo pálido, que se mantenía algo apartado y cuyo modesto caftán con grandes botones de nácar revelaba que no pertenecía al grupo de los cortesanos — un asunto digno de vuestra ingeniosa pluma.

—Su alteza imperial es demasiado benévola. Este caso requeriría al menos un La Fontaine —respondió el hombre de los botones de nácar, al tiempo que hacía una reverencia.


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