Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Os diré con toda sinceridad que estoy entusiasmada con vuestro Brigadier. ¡Recitáis de una manera admirable! No obstante —continuó la soberana, dirigiéndose de nuevo a los zaporogos—, he oÃdo decir que en la Siech los hombres no se casan nunca.
—¡Ya lo creo que sÃ, madrecita! Un hombre, como bien sabe usted, no puede vivir sin una mujer —respondió el mismo zaporogo que habÃa conversado con el herrero; y éste se sorprendió de que el zaporogo, buen conocedor del lenguaje de las gentes educadas, hablara con la zarina, como a propósito, en el tosco dialecto de los campesinos. «Son gentes astutas», se dijo. Seguramente por algo lo hace.
—No somos monjes —continuó el zaporogo—, sino simples pecadores. Nos gustan los dulces, como a todos los buenos cristianos. Muchos de los nuestros tienen mujeres, pero no viven con ellas en la Siech. Algunos tienen sus mujeres en Polonia, otros en Ucrania e incluso en TurquÃa.
En ese momento trajeron los botines para el herrero.
—¡Dios mÃo, qué adornos! —gritó éste con alegrÃa al cogerlos—. Si su alteza lleva unos botines asà y los usa para patinar sobre el hielo, ¿cómo serán los pies? Me figuro que estarán hechos de pura azúcar.