Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka La soberana, que tenía en verdad unos pies finos y encantadores, no pudo dejar de sonreír al escuchar ese cumplido de labios de un sencillo herrero que, con sus ropas de zaporogo, podía pasar por un hombre atractivo, a pesar de su atezado rostro.
Al herrero, que estaba muy satisfecho de la buena acogida recibida, le hubiera gustado seguir preguntando a la zarina sobre todo género de cosas: si era verdad que los zares sólo comían miel y tocino, y otras cuestiones por el estilo; pero al sentir que los zaporogos le daban con el codo, decidió guardar silencio. Y cuando la soberana, dirigiéndose a los más viejos, comenzó a preguntar cómo se vivía en la Siech y cuáles eran sus costumbres, retrocedió unos pasos, se inclinó hacia el bolsillo y dijo en voz baja: «¡Sácame de aquí ahora mismo!».
Nada más pronunciar esas palabras, se encontró del otro lado de la barrera de la ciudad.
—¡Se ha ahogado! ¡Os juro que se ha ahogado! ¡Que no pueda moverme de este lugar si no se ha ahogado! —balbuceaba en plena calle la gruesa esposa del tejedor, rodeada de un grupo de aldeanas.