Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¿Acaso soy una mentirosa? ¿Acaso he robado una vaca a alguien? ¿Acaso he lanzado algún maleficio sobre los que no me creÃan? —gritaba y agitaba los brazos una mujer de nariz violácea, vestida con un caftán de cosaco—. ¡Que no vuelva a tener nunca ganas de beber agua, si la vieja Pereperchija no ha visto con sus propios ojos cómo se ahorcaba el herrero!
—¿Que se ha ahorcado el herrero? Pero ¿qué dices? —exclamó el alcalde, que salÃa de casa de Chub, deteniéndose y aproximándose al grupo.
—¡Más valdrÃa que no tuvieras ganas de beber vodka, vieja borracha! —respondió la mujer del tejedor—. ¡Hay que estar tan loco como tú para ahorcarse! ¡Se ha ahogado! ¡Se ha ahogado en el rÃo, en un agujero del hielo! Eso es tan cierto como que tú acabas de salir de la taberna.
—¡Desvergonzada! ¡Mira de lo que me acusa! —replicó furiosa la mujer de la nariz violácea—. ¡Mejor seria que te callaras, grosera! ¡Como si no supiera que el sacristán te visita todas las tardes!
La mujer del tejedor se ruborizó.
—¿Qué sacristán? ¿A quién visita el sacristán? ¿Qué mentiras estás diciendo?
—¿El sacristán? —preguntó la mujer de éste, vestida con un abrigo de piel de liebre forrado de mahón, acercándose a las mujeres que discutÃan—. ¡Os voy a dar yo sacristán! ¿Quién ha dicho eso?