Las Veladas de Dikanka

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—Es a su casa adonde va —exclamó la mujer de la nariz violácea, señalando a la mujer del tejedor.

—Así que eres tú, perra —dijo la mujer del sacristán, aproximándose a la mujer del tejedor—. Así que eres tú, bruja, la que le nublas el juicio y le haces beber brebajes impuros para que vaya a verte.

—¡Déjame tranquila, diablesa! —dijo la mujer del tejedor, retrocediendo unos pasos.

—¡Mirad a esta maldita bruja! ¡Que no vuelvas a ver a tus hijos, desvergonzada! ¡Puf! —y la mujer del sacristán le escupió directamente a los ojos.

La mujer del tejedor quiso hacer lo mismo, pero falló el blanco y en su lugar alcanzó la barba del alcalde, que se había aproximado a las protagonistas de la disputa para que no se le escapara palabra.





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