Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Ah, maldita mujer! —gritó el alcalde, secándose el rostro con el faldón de su abrigo y levantando la fusta. Ese movimiento hizo que los presentes se dispersaran en todas direcciones, profiriendo juramentos—. ¡Qué asco! —repetÃa el alcalde, sin dejar de secarse—. ¡Asà que el herrero se ha ahogado! ¡Dios mÃo! ¡Qué gran pintor era! ¡Qué cuchillos tan fuertes, qué hoces y qué rejas de arado sabÃa forjar! ¡Qué fuerza tenÃa! Sà —continuó, con aire meditabundo—, no hay muchos como él en la aldea. Ya me di cuenta, cuando me hallaba en el interior de ese maldito saco, de que el pobre estaba de muy mal humor. ¡Vaya con el herrero! ¡Antes era y ya no es! ¡Y yo que tenÃa intención de herrar mi yegua torda!
Y el alcalde, penetrado de tan cristianos pensamientos, se dirigió en silencio a su jata.