Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Oksana se turbó cuando oyó la noticia. No obstante, apenas concedÃa crédito a los ojos de Pereperchija ni a los rumores de las mujeres: sabÃa que el herrero era demasiado piadoso como para decidirse a perder su alma. Pero ¿y si se hubiera marchado con intención de no regresar nunca a la aldea? En ningún otro lugar encontrarÃa un joven tan apuesto como el herrero. ¡Cómo la querÃa! ¡HabÃa soportado sus caprichos durante más tiempo que los otros! La bella no pudo conciliar el sueño y pasó toda la noche dando vueltas en la cama. Unas veces, descubriendo su fascinante desnudez, que las tinieblas de la noche ocultaban de su propia mirada, se maldecÃa casi en voz alta; otras, se apaciguaba y trataba de olvidarse de todo, pero los pensamientos no la abandonaban. Todo su cuerpo ardÃa, y al amanecer estaba perdidamente enamorada del herrero.
Chub no manifestó alegrÃa ni pesar al conocer la suerte de Vakula. Sus pensamientos sólo se ocupaban de una cosa: no podÃa olvidar la perfidia de Soloja y aun durmiendo seguÃa injuriándola.