Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Llegó la mañana. Desde antes del amanecer la iglesia estaba llena de gente. Las mujeres mayores, ataviadas con capuchas blancas, se santiguaban piadosamente al entrar. Delante de ellas estaban las damas nobles, vestidas con blusas verdes y amarillas, e incluso con capas azules adornadas por detrás con lengüetas doradas. Las muchachas, llevando todo un muestrario de cintas en los cabellos y el cuello lleno de collares, cruces y ducados, trataban de aproximarse al iconostasio. Pero las primeras filas estaban ocupadas por nobles y simples campesinos con bigotes, tupés, gruesos cuellos y mentones recién afeitados, la mayoría de ellos vestidos con una capa bajo la que se entreveía una casaca blanca y a veces azul. Todos los rostros lucían esa expresión de los días de fiesta. El alcalde se relamía pensando en la salchicha de la cena; las muchachas se veían ya patinando sobre el hielo con los mozos; las viejas, con más afán que nunca, bisbiseaban sus oraciones. Por toda la iglesia se oía el ruido que hacía el cosaco Sverbiguz al prosternarse. Sólo Oksana parecía conturbada: tan pronto rezaba como dejaba de rezar. En su corazón se acumulaban tantos sentimientos encontrados, a cuál más triste y enojoso, que su rostro sólo expresaba una profunda turbación; las lágrimas temblaban en sus ojos. Las muchachas no podían comprender la razón de esa pena y estaban lejos de sospechar que la causa era el herrero. No obstante, Oksana no era la única que pensaba en él. Todos tenían la sensación de que la fiesta no se desarrollaba como era debido, de que faltaba algo. Para colmo, el sacristán, después de la travesía en el saco, se había quedado ronco y sus palabras apenas se oían; en verdad, el sochantre recién llegado tenía una admirable voz de bajo, pero todo hubiera resultado mucho mejor con el concurso del herrero que, al llegar el momento de entonar el Padrenuestro o Aquél al que los querubines, se adelantaba en el coro y cantaba de la misma manera que en Poltava. Además, era el único que desempeñaba bien el cargo de mayordomo de la parroquia.