Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Durante el resto de la noche el diablo llevó de vuelta al herrero, volando aún más deprisa que a la ida. En un instante Vakula se encontró delante de su jata. En ese momento cantó el gallo. «¿Adónde vas?», gritó el herrero, cogiendo de la cola al diablo, que quería marcharse. «Espera, amigo, que aún no he terminado contigo. Todavía no te he dado las gracias». Y así diciendo, cogió un palo y le dio tres golpes; el pobre diablo echó a correr como un campesino al que el alguacil acaba de azotar. Así, en lugar de embaucar, seducir y engañar a los otros, el enemigo del género humano quedó él mismo burlado. A continuación, Vakula entró en el zaguán, se tumbó sobre un montón de paja y durmió hasta la hora de la comida. Cuando se despertó, se asustó al ver que el sol estaba ya tan alto. «¡Me he perdido los maitines y la misa mayor!». Y el piadoso herrero cayó en la desesperación al pensar que Dios, queriendo castigar su pecaminosa intención de perder el alma, le había enviado ese sueño que le había impedido asistir a la iglesia en una fiesta tan solemne. Pero pronto se tranquilizó con la promesa de ir a confesarse la semana siguiente y de hacer cada día, durante todo el año, cincuenta genuflexiones. Echó un vistazo a la jata, pero no vio a nadie en su interior. Al parecer, Soloja aún no había regresado. Con mucho tiento sacó los botines de la casaca, y volvió a admirarse de su rico trabajo y de las prodigiosas aventuras de la noche pasada; se lavó, se vistió de la mejor manera que pudo con el traje que había recibido de los zaporogos, sacó del cofre un gorro nuevo de astracán con tapa de color azul que no había usado ni una vez desde el día que lo compró en Poltava, cogió también un cinturón nuevo de varios colores, puso todas esas cosas, junto con un látigo, en su pañuelo y se dirigió directamente a casa de Chub.


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