Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Cuando vio entrar al herrero, Chub sintió que los ojos se le salían de sus órbitas. No sabía qué le maravillaba más: que el herrero hubiera resucitado, que se atreviera a ir a su jata o que estuviera tan elegante con sus ropas de zaporogo. Pero más se sorprendió aún cuando Vakula, tras desanudar el pañuelo, colocó ante él un gorro nuevo y un cinturón como no se había visto nunca en la aldea, se arrojó a sus pies y exclamó con voz suplicante:
—¡Perdóname, padre! ¡No te enfades! Toma este látigo y golpéame tan fuerte como quieras. Me pongo en tus manos y me arrepiento de todo lo que he hecho. ¡Golpéame, pero no te enfades! Hubo un tiempo en que mi padre y tú erais como dos hermanos: juntos comíais y juntos bebíais.
No sin secreta satisfacción, Chub vio cómo el herrero, al que nadie en la aldea levantaba la voz, que doblaba en la mano monedas de cinco kopeks y herraduras como si fueran buñuelos, se postraba a sus pies. Para que su dignidad no se viera disminuida, Chub cogió el látigo y le golpeó tres veces en la espalda.
—Bueno, ya es suficiente. ¡Levántate! ¡Hay que obedecer siempre a los viejos! ¡Olvidemos las diferencias que ha habido entre nosotros! Y ahora dime qué quieres.
—¡Concédeme la mano de Oksana, padre!