Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Chub reflexionó unos momentos, miró el gorro y el cinturón: el gorro era magnífico y el cinturón no tenía nada que envidiarle. Se acordó entonces de la pérfida Soloja y exclamó con resolución:
—¡Está bien! ¡Envía a tus testigos!
—¡Ay! —gritó Oksana al franquear el umbral y ver al herrero, y se quedó mirándolo con estupor y alegría.
—¡Mira que botines te he traído! —exclamó Vakula—. Son los mismos que lleva la zarina.
—¡No, no! ¡No los necesito! —dijo ella, rechazándolos con un gesto de la mano, sin apartar los ojos de él—. Incluso sin botines yo… —pero en ese momento se ruborizó y no pudo decir más.
El herrero se aproximó a ella y le cogió la mano; la bella bajó los ojos. Nunca antes había estado tan hermosa. El herrero, embelesado, la besó dulcemente y el rostro de la joven se arreboló aún más, pareciendo todavía más bello.
Cuando el arzobispo, de feliz memoria, pasó por Dikanka, alabó el lugar en el que se alzaba la aldea, y al atravesar una calle, se detuvo ante una jata nueva.
—¿De quién es esta jata decorada con tantas pinturas? —preguntó su eminencia a una hermosa mujer que se mantenía cerca de la puerta con un niño en brazos.