Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—¡Del herrero Vakula! —le dijo Oksana, pues no de otra se trataba, al tiempo que hacía una reverencia.

—¡Maravilloso! ¡Un trabajo maravilloso! —exclamó su eminencia, examinando puertas y ventanas. Los marcos de las ventanas estaban pintados de color rojo; en las puertas, por todas partes, se veían cosacos a caballo, con la pipa entre los dientes.

Pero aún fueron mayores sus elogios a Vakula cuando supo que había cumplido su penitencia pintando gratis, de color verde y flores rojas, toda la pared izquierda del coro. No obstante, eso no era todo: a un lado de la entrada, Vakula había dibujado al diablo en el infierno, dándole un aspecto tan repugnante que todos escupían cuando pasaban a su lado; y las mujeres, cuando el niño que tenían en brazos se ponía a llorar, lo acercaban al cuadro y le decían: «¡Mira lo que hay aquí pintado!». Y el niño, conteniendo las lágrimas, miraba de reojo el cuadro y se apretaba contra el pecho de su madre.





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