Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Ofrecieron a los invitados aguardiente con ciruelas y pasas y una hogaza de pan en un enorme plato. Los músicos atacaron la corteza, en la que se habían cocido monedas, y durante un tiempo se apaciguaron, dejando a un lado los timbales, los violines y las panderetas. Entre tanto, las muchachas y las mozas se secaban la boca con sus pañuelos bordados y salían de nuevo de sus filas; los mozos, poniendo los puños en las caderas y mirando con orgullo a su alrededor, se disponían a ir a su encuentro, cuando el viejo esaúl salió de la casa con dos iconos para bendecir a los recién casados. Esos iconos los había recibido de un venerable ermitaño, el eremita Varfoloméi. No mostraban ricos ornamentos ni brillaba en ellos el oro y la plata, pero ninguna fuerza impura se atrevía a tocar a quien los tuviera en su casa. Tras levantar los iconos, el esaúl se disponía a pronunciar una breve oración, cuando de pronto los niños que jugaban por el suelo gritaron asustados; poco después la gente retrocedió, señalando empavorecida con el dedo a un cosaco que se había mezclado entre la multitud. Nadie sabía de quién se trataba. El hombre había ejecutado con soltura una danza cosaca y había hecho reír a las personas que le rodeaban. Cuando el esaúl levantó los iconos, el rostro del desconocido se transformó bruscamente: la nariz creció y se curvó, los ojos se volvieron febriles y pasaron del marrón al verde, los labios se volvieron azules, el mentón se agudizó como una lanza y empezó a temblar, en la boca surgió un colmillo, detrás del cuello apareció una joroba y el cosaco se convirtió en un viejo.