Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Por el centro del Dniéper navega una embarcación de roble. En la parte delantera van sentados dos muchachos; llevan ladeados sobre la cabeza negros gorros de cosacos; bajo los remos vuelan por todas partes, como chispas bajo el eslabón, salpicaduras de agua.
¿Por qué no cantan los cosacos? ¿Por qué no cuentan que sacerdotes polacos recorren Ucrania convirtiendo al pueblo cosaco a la fe católica? ¿O que durante dos días la horda ha combatido a orillas del lago Salado? Pero ¿cómo podrían cantar, cómo podrían hablar de asuntos importantes? Su señor Danilo está sumido en sus propios pensamientos, mientras la manga de su caftán purpurino cae fuera de la barca y se hunde en el agua; su señora Katerina mece dulcemente al niño, sin apartar de él la mirada, y sobre su rica falda, que ninguna lona protege, el agua cae como polvo gris.