Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡No estoy triste, mi señor Danilo! Pero me han asustado los extraños comentarios que he oÃdo sobre el brujo. Dicen que nació con un aspecto horrendo y que desde niño nadie querÃa jugar con él. Escucha, señor Danilo, la terrible anécdota que cuentan: siempre pensaba que los demás se reÃan de él; si a la caÃda de la oscura noche se encontraba con alguna persona, le parecÃa que ésta separaba los labios y mostraba los dientes. Y al dÃa siguiente la encontraban muerta. Me quedé sorprendida y aterrorizada cuando escuché esos relatos —exclamó Katerina, sacando su pañuelo y secando el rostro del niño que dormÃa en sus brazos. En el pañuelo habÃa bordado con seda roja hojas y bayas.
El señor Danilo no pronunció palabra y volvió la mirada hacia la sombrÃa orilla: a lo lejos, detrás del bosque, se advertÃa la masa oscura de un terraplén, detrás del cual se alzaba un viejo castillo. En ese instante, tres arrugas se grabaron por encima de sus cejas; la mano izquierda acarició su donoso bigote.