Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Lo que más me asusta no es su condición de brujo —dijo—, sino de huésped funesto. ¿Qué capricho ha podido traerle aquÃ? He oÃdo que los polacos quieren construir una fortaleza para cortarnos el camino hasta los zaporogos. Si eso fuera verdad… Destruiré ese nido diabólico si llegan hasta mà rumores de que posee alguna guarida. Quemaré a ese viejo brujo con tal saña que los cuervos no tendrán nada que picotear. No obstante, supongo que no carecerá de oro ni de bienes de toda clase. ¡Allà es donde vive ese diablo! Si tiene oro… Ahora vamos a pasar junto a las cruces: es el cementerio. Allà se pudren sus ancestros impuros. Dicen que todos estaban dispuestos a vender su alma y su harapiento caftán a Satanás por unos kopeks. Si de verdad tiene oro, no hay tiempo que perder: en la guerra no siempre puede ganarse…
—Sé lo que estás pensando. El encuentro con ese brujo no me auguraba nada bueno. ¡Qué pesada es tu respiración! ¡Qué sombrÃa tu mirada! ¡Con qué severidad caen tus cejas sobre los ojos!