Las Veladas de Dikanka

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—¡Calla, esposa mía! —dijo Danilo con enfado—. El que se ata a vosotras se convierte también en una mujer. ¡Muchacho, dame fuego para la pipa! —y al tiempo que pronunciaba esas palabras se volvió hacia uno de los remeros que, sacudiendo su pipa para que cayeran algunas brasas, cargó la de su señor—. ¡Quiere asustarme con el brujo! —continuó el señor Danilo—. Un cosaco, gracias a Dios, no teme a los demonios ni a los sacerdotes polacos. Pues bien nos iban a ir las cosas si escucháramos a nuestras mujeres. ¿No es así, muchachos? Nuestra esposa es la pipa y el afilado sable.

Katerina guardó silencio y bajó la mirada hacia las adormecidas aguas; el viento rizaba la superficie del río y todo el Dniéper lanzaba destellos de plata como el pelaje de un lobo en la noche.

La barca viró y empezó a navegar junto a la boscosa orilla. En la ribera se veía un cementerio: añejas cruces se apiñaban sobre un montón de tierra. Entre ellas no crecía el mundillo ni verdeaba la hierba; sólo la luna las calentaba desde lo alto del cielo.

—¿Habéis oído esos gritos, muchachos? ¡Alguien nos pide ayuda! —dijo el señor Danilo, dirigiéndose a sus remeros.

—Sí, los hemos oído; parece que vienen de ese lado —dijeron éstos a una voz, señalando el cementerio.


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