Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Los sables entrechocaron con un ruido espantoso; el hierro golpeaba contra el hierro y las chispas llovían como polvo sobre los cosacos. Katerina, con los ojos llenos de lágrimas, se retiró a su habitación, se arrojó en la cama y se tapó los oídos para no oír los sablazos. Pero los cosacos no se batían tan mal como para poder sofocar el ruido de las acometidas. Su corazón quería partirse en pedazos. Cada uno de los golpes repercutía en todo su cuerpo: tuk, tuk. «No, no lo soportaré, no lo soportaré. Puede que la sangre escarlata salga ya en torrente de su cuerpo blanco. Puede que en este momento mi amado esté al borde de las fuerzas; ¡y yo sigo aquí tumbada!». Y toda pálida, jadeante, entró en la gran pieza.
Los cosacos luchaban de modo terrible, con ímpetu parejo. Ni uno ni otro llevaba ventaja. Tan pronto el padre de Katerina arremetía y Danilo perdía terreno, como era Danilo el que atacaba y el severo padre el que retrocedía, volviéndose luego a una situación equilibrada. Ambos reventaban de ira. En un determinado momento, levantaron los brazos, entrechocaron los sables y las hojas se quebraron con estrépito.
—¡Gracias, Dios mío! —exclamó Katerina, y lanzó un nuevo grito cuando vio que los cosacos se lanzaban sobre los mosquetes. Los dos hombres dispusieron el cebo y montaron el gatillo.