Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Piensa lo que quieras —dijo Danilo—. Yo también tengo mis propias ideas. Gracias a Dios, todavÃa no he tomado parte en ningún hecho deshonroso; siempre he defendido la fe ortodoxa y la patria, no como ciertos vagabundos que deambulan Dios sabe por dónde mientras los ortodoxos luchan a muerte y llegan luego de improviso a cosechar el trigo que han sembrado otros. Ni siquiera son como los uniatas: no ponen el pie en la iglesia de Dios. Es a ellos a los que habrÃa que preguntarles dónde han estado.
—¡Eh, cosaco! ¿Sabes una cosa? Soy un mal tirador: tan sólo desde doscientos metros mi bala es capaz de atravesar un corazón. Tampoco me manejo bien con el sable: corto a un hombre en trozos más menudos que los granos con que se hace la papilla.
—¡Estoy dispuesto! —exclamó el señor Danilo, blandiendo con vigor el sable, como si supiera para qué lo habÃa afilado.
—¡Danilo! —gritó Katerina con penetrante voz, cogiéndolo del brazo y reteniéndolo—. ¡Recuerda, insensato, sobre quién estás levantando la mano! Padre, tus cabellos son blancos como la nieve, pero te has acalorado como un niño falto de razón.
—¡Esposa mÃa! —gritó el señor Danilo con voz amenazante—. Sabes que no me gustan estas cosas. ¡Ocúpate de tus asuntos de mujeres!