Las Veladas de Dikanka

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Burulbash se levantó bastante tarde, después de aquella noche de fiesta, se sentó en una esquina del banco y se puso a afilar un nuevo sable turco que había conseguido gracias a un intercambio; la señora Katerina había empezado a bordar de oro una toalla de seda. De pronto entró el padre de Katerina, malhumorado, sombrío, con una pipa de tierras extrañas entre los dientes, se acercó a su hija y le preguntó con tono severo por qué razón había vuelto tan tarde a casa.

—¡Sobre esos asuntos no debes preguntarle a ella, sino a mí, padre! No es la mujer, sino el marido el que tiene que responder. No te enfades, pero así se hace entre nosotros —dijo Danilo sin abandonar su labor—. Quizás en tierras de infieles no ocurra lo mismo, no lo sé.

El rostro severo del suegro se cubrió de púrpura y en sus ojos apareció un brillo salvaje.

—¿Quién, sino un padre, debe velar por su hija? —murmuró para sí—. Bueno, te lo pregunto a ti: ¿qué has estado haciendo hasta tan tarde?

—¡Así está mejor, querido suegro! A eso te contestaré que hace ya tiempo que las mujeres no me cambian los pañales. Sé montar a caballo. Sé manejar un afilado sable. También sé hacer otras cosas… Por ejemplo no dar cuenta a nadie de lo que hago.

—Veo, Danilo, que tratas de discutir conmigo. Quien algo oculta es porque trama algo malo.


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