Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—¡Danilo! —gritó Katerina con desesperación, cogiéndolo del brazo y arrojándose a sus pies—. No te lo pido por mí. Yo no tengo elección: indigna es la mujer que sobrevive a su marido; el Dniéper, el frío Dniéper será mi tumba… ¡Pero mira a tu hijo, Danilo, mira a tu hijo! ¿Quién dará calor a esta pobre criatura? ¿Quién le cuidará? ¿Quién le enseñará a volar sobre un caballo moro, a luchar por la libertad y la fe, a beber y divertirse como un cosaco? ¡Muere, hijo mío, muere! ¡Tu padre no quiere saber nada de ti! Mira cómo vuelve la cara. ¡Oh! ¡Ahora te conozco! ¡Eres una fiera y no un hombre! ¡Tienes el corazón de un lobo y el alma de una pérfida serpiente! Pensaba que había en ti al menos una gota de piedad, que en tu cuerpo de piedra ardía algún sentimiento humano. Pero estaba totalmente equivocada. Esta situación te causa placer. Tus huesos bailarán de alegría en la tumba cuando oigas que los polacos, esas bestias impías, arrojan a las llamas a tu hijo, cuando éste grite bajo los cuchillos y el agua hirviente. ¡Oh, ahora te conozco! ¡Estarías dispuesto a salir de la tumba y alimentar con tu gorro el fuego encendido a sus pies!





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