Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Espera, Katerina! ¡Ven, mi adorado Iván! ¡Deja que te bese! ¡No, niño mÃo, nadie tocará uno solo de tus cabellos. Crecerás para gloria de la patria; volarás como un torbellino por delante de los cosacos, con un gorro de terciopelo en la cabeza y un afilado sable en la mano! ¡Dame tu mano, padre!
—Olvidemos lo que ha pasado entre nosotros. Si he cometido alguna injusticia contigo, perdóname. ¿Por qué no me das la mano? —dijo Danilo al padre de Katerina, que seguÃa inmóvil, sin que su cara expresara enfado ni apaciguamiento.
—¡Padre! —gritó Katerina, abrazándolo y besándolo—. No seas inflexible, perdona a Danilo. ¡No volverá a disgustarte!
—¡Sólo por ti le perdono, hija mÃa! —respondió él, besándola y mirándola con un singular brillo en los ojos. Katerina se estremeció levemente: le habÃan parecido extraños ese brillo y ese beso. Acodada en la mesa en la que Danilo vendaba su brazo herido, pensaba que éste se habÃa equivocado, que no habÃa obrado como un cosaco al pedir perdón cuando no era culpable de nada.