Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Después de comer, Danilo se quedó profundamente dormido y no se despertó hasta el atardecer. Poco después se sentó a escribir un mensaje para el ejército cosaco, mientras la señora Katerina, instalada en el camastro, mecía la cuna empujándola con el pie. Danilo miraba con el ojo izquierdo su escrito y con el derecho contemplaba la ventana, a través de la cual, en la lejanía, brillaban las montañas y el Dniéper. Detrás del río azuleaban los bosques. Por encima de ellos se veía el cielo nocturno, limpio de nubes. Pero no era el lejano cielo ni el azulado bosque lo que atraía al señor Danilo; miraba el saliente de la orilla en el que se alzaba el negro y viejo castillo. Le había parecido que en uno de sus estrechos ventanucos había brillado una luz. Pero todo estaba en calma. Probablemente había sido una ilusión. Sólo se oía el sordo rumor del Dniéper y el chapoteo de las olas, que se reavivaron de pronto y resonaron sucesivamente en tres lugares distintos. El Dniéper no se rebela. Como un viejo, rezonga y refunfuña; todo le disgusta; todo cambia a su alrededor; el río pasa con su sereno rechazo por las montañas de la ribera, los bosques y las praderas, y se lleva su queja al Mar Negro.
De pronto en el anchuroso Dniéper surgió la negra silueta de una barca, y en el castillo de nuevo pareció brillar una luz. Danilo emitió un leve silbido y uno de sus fieles muchachos entró en la casa.